Vida, muerte y religión.

He escrito mucho en este blog, y el tema que me dispongo a tratar no es nuevo, pero me sorprendo de no haberle dedicado un post exclusivo.

Una de las formas de saber lo que somos, de conocernos, es saber que es la muerte, porque si lo consiguiéramos sabríamos lo que es la vida.

Al enfrentarnos a este tema, conocer la naturaleza de la muerte, emergen a primer plano características muy profundas de nuestra propia naturaleza, siendo una ocasión aún más especial de conocernos a nosotros mismos.

La vida, sin necesidad de definir lo que es, aquí, en la tierra, tiene un comienzo y un fin. He sido testigo de ambas cosas. Antes de nacer no somos. Cuando la tierra aún no existía y el sol estaba formándose ningún ser vivo de los que hoy puebla la tierra existía. Los átomos, los materiales que nos componen si, pero no somos los materiales que nos componen, de echo, a lo largo de la vida estamos constantemente renovandolos. Tus brazos, piernas, músculos, huesos y órganos se regeneran y sustituyen poco a poco. Incluso las células que menos cambian, las del miocardio del corazón, se regeneran internamente. No somos lo átomos que componen nuestro cuerpo.

La información, en primer momento genética, y posteriormente ambiental percibida por nuestro sentidos es lo que realmente nos compone. Es una información cambiante, que comienza cuando nuestros genes se juntan en nuestra primera célula, y una vez formado nuestro cerebro, según comienzan las primeras percepciones sensoriales, estrenamos nuestro almacén de información ambiental, nuestros recuerdos. Anterior a estos dos sucesos no hay nada que pueda identificarse como nosotros. Y derivado de esta afirmación podemos decir que morimos cada instante para volver a nacer como otras personas, cambiamos dejándonos olvidados por el camino. ¿Eres igual que cuando tenías 5 años? ¿Serás igual que ahora con 80?

La gran mayoría de las personas, incluso puede que tú mismo, lector de estas palabras, creen que hay algo más. Que venimos de algún otro sitio, como reencarnación, alma inmortal, o cualquiera de las miles y miles de opciones religiosas al respecto de nuestro origen que cada una de las personas a lo largo del planeta puede llegar a tener, en el presente, pasado y futuro. No me cuadra que cada vez seamos más seres los que vivimos y más humanos sobre la tierra. A lo largo de la historia sabemos que ha habido momentos de gran florecimiento biológico en el planeta, y periodos como las glaciaciones que han supuesto la muerte para muchos individuos. Si hay algo aparte de lo dicho ¿Donde se conservan las almas que no están en los seres vivos? ¿Donde estuvimos esperando a nuestro cuerpo los miles de millones de años que tardó en existir nuestro sistema solar? Si la población de humanos sigue aumentando ¿Donde están los que aún no están vivos?

Ahora que conocemos la sinapsis, la gestación humana al detalle, la genética. Ahora que hemos visto como una persona que sufre traumatismos craneales u otros problemas cerebrales localizados modificaban sus capacidades mentales, personalidad y recuerdos en uno u otro sentido.¿No es momento de dar un paso para adelante, hacia la utópica verdad, y abandonar creencias infundadas que no nos conducen a ningún sitio?

Cuando morimos, nuestro cerebro deja de funcionar (o al revés). Las conexiones neuronales se rompen y las neuronas mueren. Con ellas, nosotros. Nuestra información ambiental se borra, desaparece, y la información genética, de igual forma, con la muerte de las células y del organismo en conjunto.

Nacemos con la necesidad de respuestas. La evolución nos hizo llegar aquí como individuos con un arduo sentido de la curiosidad. Un individuo curioso, que se interesa por la causa de lo que sucede, es un individuo con grandes conocimientos del medio en el que vive, y, por lo tanto, un individuo con grandes posibilidades de supervivencia. Esto que tanto bien nos ha hecho como especie, y que tan bien nos viene en nuestra sociedad actual tiene un efecto secundario. Un reverso tenebroso del que no nos podemos librar. Somos seres supersticiosos. La necesidad de respuesta nos empuja a inventárnosla sobre las cuestiones para las que no encontramos explicación. Que consecuencia tiene esto: que termina la esperanza de encontrar la respuesta correcta, porque la respuesta inventada nos corta el camino. Detectar las creencias no fundadas y eliminarlas es el único camino hacia las creencias correctas y reales.

La ciencia es nuestra única herramienta válida en este sentido. No es perfecta: se basa tan solo en la experimentación, y postula teorías apoyadas en otras teorías, que de demostrarse falsas hacen caer todo el castillo de naipes… pero nos ha traído hasta aquí. ¿Tu no tienes microondas en casa? pues lo tienes gracias a la ciencia.

Buscar la respuesta a qué es la vida y la muerte nos hace darnos contra una pared muy dura, tanto que muchos prefieren saltarla con la escalera de la superstición, de la religión. Con ella no te das el golpe, pero terminas, igualmente, al otro lado del muro: el final del camino.

Con mis palabras no quiero menospreciar lo más mínimo el sentimiento religioso personal (nada que ver con las organizaciones religiosas), ni intentar convencer con mi postura. Siento, y cada vez más, un gran respeto por quienes su religión les ayuda a vivir, a convivir con la muerte de familiares o amigos y a morir. Respeto y envidia, muchas veces.

Para mi no hay elección. Soy asepticamente ateo porque todo en mí me empuja a pensar tal y como estoy escribiendo, y no puedo más que ser consecuente.

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