Operación núcleo II. Viaje de vuelta

Tan solo dos días después de mi visita al alto mando había vuelto a ser convocado, algo que lejos de calmarme me inquietaba aún más. Esta vez mis armados escoltas me llevaban a una zona del gran cuartel que no conocía, sin duda reservada al personal de máximo nivel de seguridad. Estaba demasiado cerca de la superficie para mi gusto. A lo lejos presidía un gran edificio de aspecto peculiar que le hacía destacar por encima de los demás, no solo por su gran tamaño sino por dominar una amplia zona despejada. Nuestra trayectoria claramente nos conducía hacía él. No puedo decidir si es mayor mi asombro, mi miedo o mi admiración cuando, sin que pudiera esperar algo así, compruebo que el edificio se levanta justo debajo de un gran cráter que deja ver el espacio. Tan solo dos veces en mi vida había tenido oportunidad de ver fuera, más que la mayoría de personal no militar, y esta era la sobrecogedora tercera vez. Incluso pude ver alguna estrella lejana, a pesar del alto nivel de luz presente en el transporte. Venciendo a los nervios tuve un momento para la melancolía al recordar que hubo un día, antes de la guerra, en que los hombres vivíamos en la superficie de un planeta precioso, verde y azul, y podíamos disfrutar de las estrellas todas las noches. El ensueño quedó bruscamente interrumpido ante nuestra inminente llegada. Nada más bajar, se repite la rutina de seguridad, algo violenta por la situación. Reconocimientos biométricos, mapa genómico instantáneo y escáner de positrones. – Buenos días señor Salviati. Disculpe que le hayamos hecho madrugar, espero que el transporte haya sido de su agrado. Una comitiva de dos hombres y una mujer militares me invitaban a acompañarles. Demasiado amables para lo que era costumbre y norma. – Ningún problema, todo perfecto, gracias. Contesté en los mismos términos intentando quitarle importancia al tan claro exceso de amabilidad. – Son los comandantes Harry y Wester, y yo la teniente coronel Aldeba. Por favor, acompáñenos. Montamos en el transporte interno, y una vez cerrada la cápsula y ya en movimiento, el tercero de ellos, que hasta ahora no había pronunciado palabra, se dirige a mí. – Señor Salviati, voy a ser directo con usted. Sabemos que tras su citación de hace 48 horas usted ha realizado tres comunicaciones encriptadas a las que por motivos que no alcanzo a entender no me permiten decodificar. No me han facilitado su RSA a pesar de mi nivel 1 de seguridad. ¿Puede usted garantizar que no ha filtrado ninguna información de lo hablado en nuestra reunión? La brusquedad de mi tercer acompañante ya me pareció más natural. – Por supuesto que no. Contesté rápidamente para dar mayor sensación de seguridad. – Disculpe al comandante Harry, no está acostumbrado a encontrarse con impedimentos de seguridad. En seguida alcanzamos el que parecía ser nuestro destino. Una sala con una mesa central y sillas, todo normal si no fuera porque las paredes eran metálicas y las esquinas estaban redondeadas, como si formase parte de una estructura que tuviera que soportar mucho peso. Pronto entraron por otra puerta dos mujeres que no parecían militares. – Buenos días señor Salviati. Nos acompaña la doctora Dene, y yo soy la doctora Marie. Tome asiento, por favor. – Usted sabe, desde nuestra última reunión, el asunto que le ha traído aquí, y esperamos que se haga cargo de la gran importancia y trascendencia del tema. El discurso sonaba estudiado y premeditado para alcanzar un objetivo… – Es fundamental que investiguemos para confirmar su teoría, tanto en fondo como en forma, y que lo hagamos de manera inequívoca y rigurosa. Vamos a mandar una nave tripulada a las inmediaciones del sistema solar, concretamente a una zona que pensamos no vigilada de la nube de Oort, a unas 350 UA del sol, distancia a la que la luz del “acontecimiento traumático” ya le ha dado tiempo a llegar y podremos registrar de primera mano lo sucedido. El discurso quedo en un incómodo punto muerto en el que nadie continuaba con la exposición, como si tuvieran que seguir con algo que ninguno de ellos quería asumir. Al fin la teniente coronel Aldeba continúa… – Le hemos hecho venir porque pensamos que debería usted unirse a nuestra expedición. Su observación directa del fenómeno es fundamental para el diagnostico y confirmación de su teoría. Quien mejor que usted mismo puede hacer algo así. El comandante Harry dirigirá personalmente la operación, y podemos garantizarle su seguridad. La cara del comandante dejaba claro que él no estaba de acuerdo con la idea. Tras un momento para asumir mis temores contesté. – Disculpen mi ignorancia, doctoras, saben que a pesar de mi interés no soy personal militar y no tengo acceso a las tecnologías que permiten los viajes supralumínicos ¿cómo es posible que estando nuestra nave planeta Marte al otro lado de la vía láctea podamos hablar de volver al sistema solar? – Por favor, Dene, muestre al señor Salviati el esquema del túnel de Giggs. La doctora Dene miró sin mediar palabra a la teniente, como pidiéndole autorización, que esta concedió con un rápido y disimulado gesto. Dene se puso en pié y activo la pantalla virtual. – Como podemos ver en este gráfico las partículas que tienen masa lo que están mostrando es en realidad resistencia contra el campo de Giggs que empapa todo el universo, que al igual que los campos electromagnéticos hemos aprendido a controlar. Tras la normalización de nuestro conocimiento del Bosón de Giggs hemos sido capaces de crear su antipartícula. Disparando un chorro continuo de estas antipartículas creamos un túnel dentro del campo de Giggs, a través del cual no hay límite para la aceleración, al no haber resistencia en forma de masa. Esforcé mis pensamientos al máximo para asumir lo expuesto y entender aquel esquema lo mejor posible. Después contesté… – Es lo mismo que sucedió en los primeros instantes del universo, durante la inflación ¿no? – Sí, pero esta vez localizado y controlado por nosotros. Dentro de este túnel la velocidad no tienen límites. Hemos ejecutado con éxito transportes a 3 billones de veces la velocidad de la luz. – Pero… a esa velocidad cruzaríamos la galaxia en un solo segundo. – Así es. – Ellas, las máquinas, ¿no tiene esta tecnología? La teniente interrumpió – Disculpe, Salviati, no podemos contarle más de lo necesario. Me estoy jugando los galones con este asunto. En cualquier caso, y para su tranquilidad, por muy rápido que puedan viajar tienen que saber dónde quieren ir… nosotros sabemos donde están, pero ellas no donde estamos nosotros. ¿Qué le parece nuestra propuesta, Salviati? Pensé por un instante lo amante de la tranquilidad que siempre he sido, pero hay otro amor que no dejaba pasar esta oportunidad de saciarse: – Estoy dispuesto a acompañarles en su misión, pero a cambio quiero acceso a tecnología nivel 1. El comandante Harry pegó un respingo que hizo que su silla se desplazara hacia atrás. – Eso no está permitido, le recuerdo que no es usted personal militar. La teniente coronel Aldeba le dirigió una mirada claramente sancionadora, mientras desdecía al comándate – Veré lo que se puede hacer. Este tipo de permisos los concede mi superior, pero mediaré para que se cumpla su solicitud. Para mí era un sueño. Poder tener acceso a aprender todas las tecnologías de las que somos capaces… los viajes supralumínicos, la creación de agujeros negros para hacer viajar a nuestra nave planeta Marte, la fusión en frío con la que obteníamos nuestra energía y calentábamos nuestro errante planeta, al que ningún sol calentaba hacía ya mucho. La teniente había comenzado una teleconversación privada. Yo estaba deseando que terminara la reunión y volver a la tranquilidad del hogar para poder asumir todo lo que me estaba sucediendo. Aldeba termina su conversación. – Señor Salviati, tiene usted concedido y activado su nivel 1 tecnología desde ya. No pude cerrar la boca ni sujetar mis cejas, que no podían creer lo que tenía que ser una broma, pero que la misma estaba totalmente fuera de contexto. Mi marcador personal, acostumbrado ya al ocho, marcaba ahora un flamante número uno. Los cambios de permisos eran absolutamente extraordinarios, más si no eres personal militar, y llevan años que te suban un nivel. Yo acababa de conseguir 7 saltos en unos minutos. Lo espeluznante es que nada sucede por casualidad, y menos en el mundo militar… – La misión parte en menos de una hora. Las doctoras le asesorarán en todo lo que necesite y no dude en depositar su confianza en el comandante Harry, está especialmente preparado para esta misión. Todos se pusieron de pié y antes de darme cuenta habíamos abandonado la sala. No me dan oportunidad de protestar por la trampa en la que claramente me han metido y el miedo que hiela mis huesos les ayuda en su misión. – Pero… eee… al menos me dejarán tiempo para avisar por telecomunicación El comandante Harry giró en redondo y se aproximó bruscamente – ¿Está usted loco? No puede contarle nada de esto a nadie. Se lo pregunté antes y se lo advierto ahora. Tenía toda la razón, pero mi gente se iba a inquietar ante tanto secreto militar. Pensé en concentrarme en lo que iba a suceder para estar preparado, y fue entonces cuando advertí en lo extraño de los pasillos e instancias que íbamos atravesando. Todas estaban redondeadas al igual que la primera sala y el metal era el único material de todas las paredes. Las doctoras me están relatando un sinfín de datos relacionados con mi estancia en la nave, inventario a mi disposición y normativas de seguridad. Me siento algo mareado, como si todo se estuviera moviendo, claro que no es de extrañar algo de desorientación. Pronto alcanzamos una sala de doble puertas herméticas de exterior, del tipo de las que yo no esperaba nunca tener que flanquear. Una vez atravesamos la doble puerta mis pupilas quedan al mínimo ante un espectáculo de luz y bullicio. Una inmensa sala circular semiesférica cubierta por una cúpula transparente, claramente diseñada para abrirse en dos, y por encima de ella el espectáculo del universo desnudo, negro, sobrecogedor. Estábamos más allá de la superficie del planeta. El edificio entero había asomado por el cráter del planeta y ahora estábamos fuera del mismo, como un pequeño gusano que asoma a la superficie después de la lluvia. Pude ver claramente la superficie del planeta, modificado por los sistemas de defensa y los blindajes. En el centro de la sala estaba la que iba a ser mi transporte, una nave militar de un tipo que nunca había visto antes muy distinta de cualquier otra nave que nunca haya visto. Una rápida despedida militar fue la única pausa de escasos dos segundos que hicimos antes de subir a bordo. Para mi sorpresa la doctora Dene iba con nosotros. El comandante Harry quedaba al mando de la misión: – Usted hará en viaje con la doctora aquí, en la cabina auxiliar. Tomen asiento y pídanle a la nave si necesitan algo que les sea imprescindible. Yo estaré en la cabina de mando junto con el resto del personal militar. Si todo va según lo previsto el viaje será corto. En sus palabras se le podía ver descargado de la tensión que la teniente comandante Aldeba ejercía sobre él, aunque su brusquedad no había cambiado. El cualquier caso su tranquilidad y firmeza daban confianza en una situación así. Desde mi asiento tenía la posibilidad de usar la pantalla virtual para poder ver lo que sucedía fuera. Todo el personal de tierra había desaparecido, y todas las puertas yacían herméticamente cerradas ya. La cúpula se está abriendo, y una rítmica vibración, suave pero generalizada, provocaba un sordo ruido de rechinar de dientes. Ahora lo comprendo. Este edificio es el propio cañón de antipartículas de Giggs, y nuestra nave ya está en lo que va a ser la boca del túnel. Por un instante reflexiono sobre las características de nuestro viaje. No vamos a romper el tejido espacio-tiempo, simplemente vamos a saltarnos una de las leyes que estamos acostumbrados a que se respete en él. La presencia de masa en la materia de la que estamos hechos ya no va a ser un impedimento para acelerarnos, y la infranqueable barrera de la velocidad luz, no va a ser quebrantada. Einstein sigue teniendo razón. Vamos atravesar un túnel en el que no rigen las mismas leyes que en el resto del universo. El ritmo de la vibración y el nivel de ruido aumentan. Nuestra nave se mueve. – Nave, ¿Puedo hacerte una pregunta? – Señor Salviati, dígame – ¿Has hecho esto antes? – [ ; – ) ] no se preocupe, todo va a salir bien. Una mirada a la doctora Dene que permanecía en su asiento con cara de situación. La oscuridad que parecía dominar el espacio exterior empezó a contonear, como si un espejo flexible estuviera siendo agitado. Pronto la oscuridad dio paso a la luz, la maternal y sobrecogedora luz de nuestro abandonado sol. Dimos un suave acelerón hacia la nueva estampa. Aun con la mirada fija en el sol irrumpe el comandante. – Señores, el viaje a terminado. Estamos exactamente a 350 UA del sol, adentrados en territorio enemigo. A partir de ahora deben obedecer todo lo que les ordene sin mediar palabra. Su seguridad y la de la misión están en juego. Ya pueden comenzar su trabajo. Tenemos 24 horas. Mi silla liberó mis amarres y entonces recordé mi trágica teoría, era el momento de confirmar con un rápido vistazo si nuestro planeta seguía siendo un simple punto iluminado desde aquí, o si por el contrarío una mayor dimensión en lo observable era indicador de la teórica super-explosión. – Nave, puedes apuntar los teledetectores hacía las coordenadas en las que se encuentra el planeta tierra. – Claro, señor, ya me había permitido el comenzar con esta labor. La pantalla virtual se encendió ante mis ojos, iluminando con la peor de las noticias mis incrédulos ojos…

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